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jueves 5 de enero de 2012

GD

*Nota de la autora. Este texto debió publicarse el 7 de diciembre en la madrugada. Un mes después, me doy cuenta que mis dedos desvelados desatinaron el botón de publicar y más bien, pusieron "guardar". Juro por mi gato que no soy así de distraída en todo. Oigan ¿y el gato? Vaya, lo dejé encerrado en el baño otra vez.

***

Todo pasó inesperadamente, con una rapidez vertiginosa. GD (quien tiene un nombre real, debidamente escrito en el Registro Civil, pero por razones de seguridad social lo llamaremos de esta manera) se interesó por mis textos y de buenas a primeras quería verme, regalarme un libro, invitarme a comer.

Lo primero que saltó a mi mente fue: "¿Y si es otro stalker?". Le pedí a mi gato lo rastreara en Google y al parecer sí existía un tal GD "¿Y si es un stalker, pretendiendo ser un escritor?" dijo. Entonces yo le dije, le dije "No", le dije. Y decidí acudir a la cita.

Esa noche soñé que estaba en una fiesta infantil y se iba la luz. Quería llamar a sus mamás, pero el teléfono estaba cortado. Del closet salía un estertor. Desperté abruptamente, casi gritando "Niños, salgan de la casa ¡ahora mismo!" pero pronto me di cuenta que había sido un sueño.

Salí media hora después de lo previsto de casa y todavía tenía que ponerle saldo al celular. Me detuve en un Super Neto, pero estaba abarrotado de madres de familia y niños, como los de mi sueño. Tuve un flashazo: gritarles a los niños que salieran de ahí. De pronto empezó a funcionar la planta de luz del minisuper... ¿o era un estertor? Preferí salir pitando antes de decidirme a montar una escena. Una sucursal de Telcel se atravesó en mi camino ¡bien! La dependienta me pidió el número telefónico, el monto y extendió la mano sin mirarme. "Ya está" murmuró. Pensé que era un asunto de confianza (y un letrero rosa fosforecente con letras negras, grandes "No nos hacemos responsables por fallas del sistema de recargas" no me la daba ¿la qué? la confianza, señores, la confianza) ¿llegaría el saldo a mi celular? ¿debería esperar en la sucursal un mensaje de recarga exitosa? ¿y si demoraba mucho y cuando me atreviera a reclamar la dependienta se limitaba a señalar el letrero rosa? ¿y si Peña Nieto de verdad es el títere de Salinas de Gortari? En unos segundos había divagado demasiado. El mensaje de texto había llegado a mi celular. Treinta pesotes en tiempo aire, qué lujo.

No había tenido tiempo de conectar el manos libres y mi vida transcurría sin música hacia el tren ligero, sin embargo tenía pegado el cover de La Gusana Ciega "Yes sir, I can boogie". Iba algo tarde, así que corrí para alcanzar el tren, el cual lanzó una risotada antes de cerrar sus puertas y arrancar. En el anden esperaban algunas personas, señoras en su mayoría y uno que otro estudiante. Me coloqué al lado de una tribu de secretarias güerasafuerzas sólo por colocarme en algún sitio, no esperaba alcanzar asiento. Pero la fortuna me sonrió, pues quedé justo frente a las puertas. La tribu de secretarias malvibrosas me malmiraron y empujaron para tener una oportunidad de conseguir asiento. Los tacones altísimos no les impidieron correr cuando se abrieron las puertas. "Te cargo tu bolsa, manita" dijeron las afortunadas, mientras que las manitas desafortunadas se resignaban a estar de pie. ¿Yo? Yo alcancé asiento, gracias a que le rezo al Niñopa todas las noches antes de dormir. Me puse los audífonos, saqué un libro de Vargas Llosa y me preparé para un largo viaje.

Una hora y media después, llegué a Sevilla. Es decir, al metro Sevilla. Antes de salir de la estación, le pregunté a un vendedor de periódicos hacia dónde quedaba "la calle Nuevo León, el Parque España y todo eso". Con una media sonrisa (¿se estaba burlando de mi, el viejito?) señaló hacia atrás y dijo algo así como "Siseñoritasevatododerechoparaallá". Le di las gracias y subí las escaleras para salir de la estación. Eran las 2 de la tarde, me daría tiempo de llegar caminando hacia mi destino. Es decir, hacia el punto donde quedé de verme con GD, porque lo que se dice "mi destino", no tengo idea de qué vaya a resultar ser. Le pregunté a un bolero hacia dónde quedaba "la calle Nuevo León, el Parque España y todo eso". Me indicó que me fuera todo Cozumel. Le di las gracias y continué mi camino. Recordé que hace 5 años por estas mismas fechas mi mamá andaba hospitalizada muy cerca de la estación Sevilla. Era un hospital privado, llamado Francisco Montes de Oca. Pasé la Navidad con ella, en una pequeña habitación rosada. Sintonizamos la única película navideña decente de la noche: The Family Man con Nicolas Cage, aunque ella se quedó dormida hacia el final.

Antes de llegar a la calle Sinaloa me detuve a comprar pañuelos desechables y le pregunté a un muchacho hacia dónde quedaba "la calle Nuevo León, el Parque España y todo eso". Me señaló hacia el sur y seguí mi camino. Es decir, yo ya sabía hacia dónde quedaba "la calle Nuevo León, el Parque España y todo eso", solo quería asegurarme porque suelo ser muy neurótica en cuanto a llegar a lugares desconocidos se refiere. Pasé el Centro Macrobiótico-Restaurante-Tienda "Tao" que tanto me habia llamado la atención por Google Maps y un par de edificios abandonados, ahora apuntalados. En la desembocadura de Cozumel me topé con el Parque España y me desorienté fugazmente. Moviendo únicamente los ojos de derecha a izquierda y viceversa para no parecer tan perdida, logré ubicarme. Barracuda Diner debía quedar cruzando la calle. Frente al Barracuda hay un módulo de viligancia y unas bancas que invitaban a sentarse a personas de la tercera edad que no se sentían seguras en el Parque España y ahí fue donde decidí esperar un momento para recuperar el aire y analizar el comportamiento de los semáforos antes de decirme a cruzar la calle.

Por mis audífonos Panteón Rococó cantaba La Carencia. Antes de que me diera cuenta ya estaba cruzando la calle. No me detuve por el miedo de que me atropellaran (cosa bastante frecuente en los alrededores, como me diría después GD) y continué mi camino. Una bola de nervios estomacales me pedían que analizara la situación nuevamente, quieta, pero los nervios de mis piernas fueron más fuertes y seguí caminando. En la entrada del restaurante, un risueño camarero estaba charlando con un grupo de hombres, todos armados con cámaras fotográficas. Estallaron las risas. Me parecía de mala educación interrumpir las bromas y se me ocurrió pasar de largo, pero me petrifiqué en la puerta. La sonrisa del camarero desapareció y se tornó en angustia cuando me pregunto que si solo una persona. Con un hilo de voz (todos los fotógrafos me miraban. El 80% estaban muy guapos) le expliqué que por el momento sí, pero que estaba esperando a alguien. "Esperas a alguien" repitió el camarero sin que llegara a ser una pregunta, como si nunca hubiera pasado en el restaurante que una mujer llegara sola y su acompañante... llegara después.

Me acomodó en un cajón muy cercano a la puerta, que no me gustó pero no tuve el valor de confesarlo. El lugar era maravilloso, con espejos por todos lados, ambientado en los 50's, con una barra larguísima y brillante. La distribución del lugar era rara. Tenía mucho más de profundidad que de ancho y desde fuera jamás se podrían sospechar sus dimensiones. Estaba tan ocupada analizando el lugar y sus posibles rutas de escape que no me había dado cuenta que estaba sentada peligrosamente en la orilla de la banca. Hacía rato que me habían traído un par de manteles y dos cartas, pero todos los camareros revoloteaban alrededor de los fotógrafos, cuales colegialas enamoradas del equipo de futbol de la escuela. Traté de llamar la atención de al menos uno de ellos, pero siempre he sido un poco mala para la telepatía. Tenía ganas de ir al baño ¿sería correcto dejar las cartas ahí e ir a los servicios o debía esperar a GD? Decidí comprobar cómo había llegado la planta carnívora que traía en mi bolso para GD. Si estaba apachurrada, ni modo de entregársela así. La maceta estaba muy mojada, por lo que ensucié la mesa, la banca (seguramente el techo y el espejo más cercano también) y de paso me ensucié la ropa "Qué desastre y tanto hombre guapo presenciando este show. Qué horror". Un mesero me miraba reprobatoriamente a un metro de distancia ¿cuánto tiempo llevaba ahí? Con voz chillona le pedí una Coca. "Clásica" Afirmó-preguntó. Le dije que sí. Huí al baño. Retoqué mi maquillaje bajo una mortecina luz roja en los lavabos. Se me ocurrió que me había propasado con la polvera y parecía payaso. GD se reiría de mi y se iría antes de pagar la cuenta. Pero esto no era una serie gringa, estábamos en La Condesa, por Dios. Regresé a mi mesa y debo confesar que me emocioné en demasía cuando vi un fotógrafo guapo sentado en ella. Debí estar babeando cuando un mesero se acercó y me preguntó que si quería ir a otra mesa, para que no me molestaran, lo miré sin comprender, con cara de "Pero qué diablos...". Argumentó apresuramente que iban a estar tomando fotos y no querían que me sintiera incómoda. El fotógrafo guapo sentado en mi mesa se apresuró a decir que no había problema, pero opté por mostrarme comprensiva y cambiarme de mesa. Al fin que ni me había gustado ese lugar. El mesero se adelantó y recordé las críticas negativas que había leído sobre el mal servicio. A ver, si el mesero me estaba pidiendo sutilmente que me cambiara de lugar ¿esperaba también que yo misma llevara los manteles, las cartas, un vaso con hielos y mi Coca Cola clásica? Me senté al fondo del restaurante, donde había demasiada luz artificial pero me sentía más cómoda. En la mesa de al lado un chico sorbía con fruición una malteada rosa. Tenía lentes de pasta, uno de los vidrios era rojizo y el otro amarillo. Me sonrió y le devolví la sonrisa como lo más normal del mundo. Abrí la Coca y al poco tiempo apareció GD en la puerta.

Opté por regalarle una planta carnívora: por agradecerle, porque se veía como una buena persona, porque sí, pero se la entregué de una manera muy torpe: le tendí la planta con todo y bolsa, además una tapa pensada en principio como protección, pero que ahora bailoteaba alegremente con cinta adhesiva malograda. Cero presentación. La sacó, naturalmente la mesa se ensució (¿por qué no la dejé secando un día antes?) y la colocó a un lado. ¿Le gustaban las plantas? Sí y mucho, punto para mí.

Hablamos más de una hora. Él hablaba muy rápido de manera atractiva y yo me dedicaba a asentir efusivamente o a negar lentamente, según el caso y las preguntas. Tenía una casa con un jardín muy grande en Tepoztlán, era un lector voraz, le gustaban los animales, tenía una esposa y un hijo. Hace tiempo no me sentía tan nerviosa con una persona. Cuando esto pasa, tiendo a pensar en mi interlocutor como un cliente. Me digo "Isabel, le estás vendiendo una planta carnívora, habla naturalmente y segura de ti misma". Sería lindo y muy de superación personal que esta estrategia fuera exitosa. La verdad es que nunca me ha dado resultado.

Los minutos pasaron en una agradable charla. Me gustaba verlo y oírlo hablar. Lamenté no tener el don del habla y participar de manera más activa en la conversación. Le conté parte de mi vida y por qué no había podido asistir a talleres literarios o sencillamente continuar mis estudios con normalidad. Llegó a la conclusión que yo tenía talento, que solo me faltaba publicidad y no seguir amargándome como lo había estado haciendo en mis últimas entradas del blog.

GD es una buena persona, pero no pude evitar sentir tristeza cuando dejó intacto su café, aunque fuera americano. Estuve a punto de pedirle al mesero que me lo pusiera en una bolsita de plástico con popote, así como vaciar el plato con una rebanada de pay de limón a medio comer en mi bolso.

3 Partidarios o Mensajeros del Señor. Comentarios:

Anónimo dijo...

Muchas gracias por compartir. Que bien que nuevamente podamos leer estas narraciones.

El llevarse el café en una bolsa con popote hubiera estado magnífico.

Saludos.

Amalkaviana dijo...

Nomás me contuve por la falta de confianza.

Gracias por leerme. Saludos.

Anónimo dijo...

Pues yo opino lo mismo que GD, tienes talento! y me gusta leerte, saber del gato y de tus plantas carnívoras! :-)

jueves 5 de enero de 2012

GD

*Nota de la autora. Este texto debió publicarse el 7 de diciembre en la madrugada. Un mes después, me doy cuenta que mis dedos desvelados desatinaron el botón de publicar y más bien, pusieron "guardar". Juro por mi gato que no soy así de distraída en todo. Oigan ¿y el gato? Vaya, lo dejé encerrado en el baño otra vez.

***

Todo pasó inesperadamente, con una rapidez vertiginosa. GD (quien tiene un nombre real, debidamente escrito en el Registro Civil, pero por razones de seguridad social lo llamaremos de esta manera) se interesó por mis textos y de buenas a primeras quería verme, regalarme un libro, invitarme a comer.

Lo primero que saltó a mi mente fue: "¿Y si es otro stalker?". Le pedí a mi gato lo rastreara en Google y al parecer sí existía un tal GD "¿Y si es un stalker, pretendiendo ser un escritor?" dijo. Entonces yo le dije, le dije "No", le dije. Y decidí acudir a la cita.

Esa noche soñé que estaba en una fiesta infantil y se iba la luz. Quería llamar a sus mamás, pero el teléfono estaba cortado. Del closet salía un estertor. Desperté abruptamente, casi gritando "Niños, salgan de la casa ¡ahora mismo!" pero pronto me di cuenta que había sido un sueño.

Salí media hora después de lo previsto de casa y todavía tenía que ponerle saldo al celular. Me detuve en un Super Neto, pero estaba abarrotado de madres de familia y niños, como los de mi sueño. Tuve un flashazo: gritarles a los niños que salieran de ahí. De pronto empezó a funcionar la planta de luz del minisuper... ¿o era un estertor? Preferí salir pitando antes de decidirme a montar una escena. Una sucursal de Telcel se atravesó en mi camino ¡bien! La dependienta me pidió el número telefónico, el monto y extendió la mano sin mirarme. "Ya está" murmuró. Pensé que era un asunto de confianza (y un letrero rosa fosforecente con letras negras, grandes "No nos hacemos responsables por fallas del sistema de recargas" no me la daba ¿la qué? la confianza, señores, la confianza) ¿llegaría el saldo a mi celular? ¿debería esperar en la sucursal un mensaje de recarga exitosa? ¿y si demoraba mucho y cuando me atreviera a reclamar la dependienta se limitaba a señalar el letrero rosa? ¿y si Peña Nieto de verdad es el títere de Salinas de Gortari? En unos segundos había divagado demasiado. El mensaje de texto había llegado a mi celular. Treinta pesotes en tiempo aire, qué lujo.

No había tenido tiempo de conectar el manos libres y mi vida transcurría sin música hacia el tren ligero, sin embargo tenía pegado el cover de La Gusana Ciega "Yes sir, I can boogie". Iba algo tarde, así que corrí para alcanzar el tren, el cual lanzó una risotada antes de cerrar sus puertas y arrancar. En el anden esperaban algunas personas, señoras en su mayoría y uno que otro estudiante. Me coloqué al lado de una tribu de secretarias güerasafuerzas sólo por colocarme en algún sitio, no esperaba alcanzar asiento. Pero la fortuna me sonrió, pues quedé justo frente a las puertas. La tribu de secretarias malvibrosas me malmiraron y empujaron para tener una oportunidad de conseguir asiento. Los tacones altísimos no les impidieron correr cuando se abrieron las puertas. "Te cargo tu bolsa, manita" dijeron las afortunadas, mientras que las manitas desafortunadas se resignaban a estar de pie. ¿Yo? Yo alcancé asiento, gracias a que le rezo al Niñopa todas las noches antes de dormir. Me puse los audífonos, saqué un libro de Vargas Llosa y me preparé para un largo viaje.

Una hora y media después, llegué a Sevilla. Es decir, al metro Sevilla. Antes de salir de la estación, le pregunté a un vendedor de periódicos hacia dónde quedaba "la calle Nuevo León, el Parque España y todo eso". Con una media sonrisa (¿se estaba burlando de mi, el viejito?) señaló hacia atrás y dijo algo así como "Siseñoritasevatododerechoparaallá". Le di las gracias y subí las escaleras para salir de la estación. Eran las 2 de la tarde, me daría tiempo de llegar caminando hacia mi destino. Es decir, hacia el punto donde quedé de verme con GD, porque lo que se dice "mi destino", no tengo idea de qué vaya a resultar ser. Le pregunté a un bolero hacia dónde quedaba "la calle Nuevo León, el Parque España y todo eso". Me indicó que me fuera todo Cozumel. Le di las gracias y continué mi camino. Recordé que hace 5 años por estas mismas fechas mi mamá andaba hospitalizada muy cerca de la estación Sevilla. Era un hospital privado, llamado Francisco Montes de Oca. Pasé la Navidad con ella, en una pequeña habitación rosada. Sintonizamos la única película navideña decente de la noche: The Family Man con Nicolas Cage, aunque ella se quedó dormida hacia el final.

Antes de llegar a la calle Sinaloa me detuve a comprar pañuelos desechables y le pregunté a un muchacho hacia dónde quedaba "la calle Nuevo León, el Parque España y todo eso". Me señaló hacia el sur y seguí mi camino. Es decir, yo ya sabía hacia dónde quedaba "la calle Nuevo León, el Parque España y todo eso", solo quería asegurarme porque suelo ser muy neurótica en cuanto a llegar a lugares desconocidos se refiere. Pasé el Centro Macrobiótico-Restaurante-Tienda "Tao" que tanto me habia llamado la atención por Google Maps y un par de edificios abandonados, ahora apuntalados. En la desembocadura de Cozumel me topé con el Parque España y me desorienté fugazmente. Moviendo únicamente los ojos de derecha a izquierda y viceversa para no parecer tan perdida, logré ubicarme. Barracuda Diner debía quedar cruzando la calle. Frente al Barracuda hay un módulo de viligancia y unas bancas que invitaban a sentarse a personas de la tercera edad que no se sentían seguras en el Parque España y ahí fue donde decidí esperar un momento para recuperar el aire y analizar el comportamiento de los semáforos antes de decirme a cruzar la calle.

Por mis audífonos Panteón Rococó cantaba La Carencia. Antes de que me diera cuenta ya estaba cruzando la calle. No me detuve por el miedo de que me atropellaran (cosa bastante frecuente en los alrededores, como me diría después GD) y continué mi camino. Una bola de nervios estomacales me pedían que analizara la situación nuevamente, quieta, pero los nervios de mis piernas fueron más fuertes y seguí caminando. En la entrada del restaurante, un risueño camarero estaba charlando con un grupo de hombres, todos armados con cámaras fotográficas. Estallaron las risas. Me parecía de mala educación interrumpir las bromas y se me ocurrió pasar de largo, pero me petrifiqué en la puerta. La sonrisa del camarero desapareció y se tornó en angustia cuando me pregunto que si solo una persona. Con un hilo de voz (todos los fotógrafos me miraban. El 80% estaban muy guapos) le expliqué que por el momento sí, pero que estaba esperando a alguien. "Esperas a alguien" repitió el camarero sin que llegara a ser una pregunta, como si nunca hubiera pasado en el restaurante que una mujer llegara sola y su acompañante... llegara después.

Me acomodó en un cajón muy cercano a la puerta, que no me gustó pero no tuve el valor de confesarlo. El lugar era maravilloso, con espejos por todos lados, ambientado en los 50's, con una barra larguísima y brillante. La distribución del lugar era rara. Tenía mucho más de profundidad que de ancho y desde fuera jamás se podrían sospechar sus dimensiones. Estaba tan ocupada analizando el lugar y sus posibles rutas de escape que no me había dado cuenta que estaba sentada peligrosamente en la orilla de la banca. Hacía rato que me habían traído un par de manteles y dos cartas, pero todos los camareros revoloteaban alrededor de los fotógrafos, cuales colegialas enamoradas del equipo de futbol de la escuela. Traté de llamar la atención de al menos uno de ellos, pero siempre he sido un poco mala para la telepatía. Tenía ganas de ir al baño ¿sería correcto dejar las cartas ahí e ir a los servicios o debía esperar a GD? Decidí comprobar cómo había llegado la planta carnívora que traía en mi bolso para GD. Si estaba apachurrada, ni modo de entregársela así. La maceta estaba muy mojada, por lo que ensucié la mesa, la banca (seguramente el techo y el espejo más cercano también) y de paso me ensucié la ropa "Qué desastre y tanto hombre guapo presenciando este show. Qué horror". Un mesero me miraba reprobatoriamente a un metro de distancia ¿cuánto tiempo llevaba ahí? Con voz chillona le pedí una Coca. "Clásica" Afirmó-preguntó. Le dije que sí. Huí al baño. Retoqué mi maquillaje bajo una mortecina luz roja en los lavabos. Se me ocurrió que me había propasado con la polvera y parecía payaso. GD se reiría de mi y se iría antes de pagar la cuenta. Pero esto no era una serie gringa, estábamos en La Condesa, por Dios. Regresé a mi mesa y debo confesar que me emocioné en demasía cuando vi un fotógrafo guapo sentado en ella. Debí estar babeando cuando un mesero se acercó y me preguntó que si quería ir a otra mesa, para que no me molestaran, lo miré sin comprender, con cara de "Pero qué diablos...". Argumentó apresuramente que iban a estar tomando fotos y no querían que me sintiera incómoda. El fotógrafo guapo sentado en mi mesa se apresuró a decir que no había problema, pero opté por mostrarme comprensiva y cambiarme de mesa. Al fin que ni me había gustado ese lugar. El mesero se adelantó y recordé las críticas negativas que había leído sobre el mal servicio. A ver, si el mesero me estaba pidiendo sutilmente que me cambiara de lugar ¿esperaba también que yo misma llevara los manteles, las cartas, un vaso con hielos y mi Coca Cola clásica? Me senté al fondo del restaurante, donde había demasiada luz artificial pero me sentía más cómoda. En la mesa de al lado un chico sorbía con fruición una malteada rosa. Tenía lentes de pasta, uno de los vidrios era rojizo y el otro amarillo. Me sonrió y le devolví la sonrisa como lo más normal del mundo. Abrí la Coca y al poco tiempo apareció GD en la puerta.

Opté por regalarle una planta carnívora: por agradecerle, porque se veía como una buena persona, porque sí, pero se la entregué de una manera muy torpe: le tendí la planta con todo y bolsa, además una tapa pensada en principio como protección, pero que ahora bailoteaba alegremente con cinta adhesiva malograda. Cero presentación. La sacó, naturalmente la mesa se ensució (¿por qué no la dejé secando un día antes?) y la colocó a un lado. ¿Le gustaban las plantas? Sí y mucho, punto para mí.

Hablamos más de una hora. Él hablaba muy rápido de manera atractiva y yo me dedicaba a asentir efusivamente o a negar lentamente, según el caso y las preguntas. Tenía una casa con un jardín muy grande en Tepoztlán, era un lector voraz, le gustaban los animales, tenía una esposa y un hijo. Hace tiempo no me sentía tan nerviosa con una persona. Cuando esto pasa, tiendo a pensar en mi interlocutor como un cliente. Me digo "Isabel, le estás vendiendo una planta carnívora, habla naturalmente y segura de ti misma". Sería lindo y muy de superación personal que esta estrategia fuera exitosa. La verdad es que nunca me ha dado resultado.

Los minutos pasaron en una agradable charla. Me gustaba verlo y oírlo hablar. Lamenté no tener el don del habla y participar de manera más activa en la conversación. Le conté parte de mi vida y por qué no había podido asistir a talleres literarios o sencillamente continuar mis estudios con normalidad. Llegó a la conclusión que yo tenía talento, que solo me faltaba publicidad y no seguir amargándome como lo había estado haciendo en mis últimas entradas del blog.

GD es una buena persona, pero no pude evitar sentir tristeza cuando dejó intacto su café, aunque fuera americano. Estuve a punto de pedirle al mesero que me lo pusiera en una bolsita de plástico con popote, así como vaciar el plato con una rebanada de pay de limón a medio comer en mi bolso.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muchas gracias por compartir. Que bien que nuevamente podamos leer estas narraciones.

El llevarse el café en una bolsa con popote hubiera estado magnífico.

Saludos.

Amalkaviana dijo...

Nomás me contuve por la falta de confianza.

Gracias por leerme. Saludos.

Anónimo dijo...

Pues yo opino lo mismo que GD, tienes talento! y me gusta leerte, saber del gato y de tus plantas carnívoras! :-)

 
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