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martes 29 de noviembre de 2011

Es casi la una de la mañana. Estoy escuchando una canción algo rara que un conocido posteó en Facebook.
Hoy fue mi día de descanso. Dormí toda la mañana. La semana pasada la única motivación para levantarme de la cama fue pensar que tal vez podría regresar a casa temprano y tomar una siesta, cosa que no pasó y por si fuera poco, la mayoría de los días me desvelé entre una cosa y otra. Estudié matemáticas casi todo el día. No me está yendo tan mal, podría irme peor. Tengo examen el viernes. También pasé tiempo en el invernadero, lo tenía un poco abandonado. Ninguna pérdida.

Hace un par de semanas hablaba con un amigo acerca de mi necesidad de escribir. Nunca sé cuándo está sobrio, pero sospecho que ha cruzado la línea cuando empieza a necear. Él argumentaba que tener un blog estaba pasado de moda, que qué ganas de andar contando la vida, etc. Con él (quien asentía como el padre que aprueba, resignado, que su hija de 22 años siga durmiendo con la luz encendida) llegué a la conclusión de que escribir para mi es terapéutico, pongo una barrera entre lo escrito y yo que me ayuda a delucidar, etcétera. Le dije que ya casi no escribo aquí por incomodidad de que alguien conocido o personas cercanas lean algo inapropiado que me pueda traer problemas (como un par de veces ha sucedido, qué culpa tengo yo de la sensibilidad ajena). Me dijo... ya no me acuerdo qué me dijo, porque ya iba en la tercera michelada. Él, yo apenas iba por la mitad de una, pero empezaba a marearme. Así de ridícula es mi tolerancia al alcohol.

Empiezo otra vez a escuchar música. Generalmente es lo que me salva de lanzarme de un precipicio. Escuchar nuevas rolas, tendencias, explorar por mi cuenta, recordar mis favoritas. Cuando de plano pasan días, semanas o meses sin escuchar música me vuelvo una persona de lo más normal y lamentable. Una vez me sorprendí viendo televisión abierta. Lo malo es que otra vez tengo depresión post traumática y ese animo que me da la música para enfrentar la cotidianeidad se esfuma pronto. ¿Cuál fue el trauma? Bueno, el otro día fui a recolectar agua de lluvia del techo del invernadero y escuché ruidos dentro. Al momento de asomarme un bólido gris y peludo casi me derriba: un gato había ocupado desde hace quién sabe cuánto tiempo el invernadero como vivienda personal. Había latas de cerveza en el piso. Para ser más precisos, tomó mi cajón de musgo como cama.

Hoy vi las estrellas. Me sorprende calcular el tiempo que pasó desde la última vez que las vi. Hacía mucho frío, pero... qué más daba, todos esos puntos luminosos estaban sobre mi cabeza, como una gran tela con... hoyitos... (qué bárbara, Isabel, qué poeta)

2 Partidarios o Mensajeros del Señor. Comentarios:

Ulises dijo...

Hey, siempre es grato pasar a saludar a los compañeros de causas perdida.

Tener un blog es chido, me pasa algo parecido que a ti. Es terapéutico.

Saludos

Amalkaviana dijo...

Es terepéutico. Y es una terapia barata.

martes 29 de noviembre de 2011

Es casi la una de la mañana. Estoy escuchando una canción algo rara que un conocido posteó en Facebook.
Hoy fue mi día de descanso. Dormí toda la mañana. La semana pasada la única motivación para levantarme de la cama fue pensar que tal vez podría regresar a casa temprano y tomar una siesta, cosa que no pasó y por si fuera poco, la mayoría de los días me desvelé entre una cosa y otra. Estudié matemáticas casi todo el día. No me está yendo tan mal, podría irme peor. Tengo examen el viernes. También pasé tiempo en el invernadero, lo tenía un poco abandonado. Ninguna pérdida.

Hace un par de semanas hablaba con un amigo acerca de mi necesidad de escribir. Nunca sé cuándo está sobrio, pero sospecho que ha cruzado la línea cuando empieza a necear. Él argumentaba que tener un blog estaba pasado de moda, que qué ganas de andar contando la vida, etc. Con él (quien asentía como el padre que aprueba, resignado, que su hija de 22 años siga durmiendo con la luz encendida) llegué a la conclusión de que escribir para mi es terapéutico, pongo una barrera entre lo escrito y yo que me ayuda a delucidar, etcétera. Le dije que ya casi no escribo aquí por incomodidad de que alguien conocido o personas cercanas lean algo inapropiado que me pueda traer problemas (como un par de veces ha sucedido, qué culpa tengo yo de la sensibilidad ajena). Me dijo... ya no me acuerdo qué me dijo, porque ya iba en la tercera michelada. Él, yo apenas iba por la mitad de una, pero empezaba a marearme. Así de ridícula es mi tolerancia al alcohol.

Empiezo otra vez a escuchar música. Generalmente es lo que me salva de lanzarme de un precipicio. Escuchar nuevas rolas, tendencias, explorar por mi cuenta, recordar mis favoritas. Cuando de plano pasan días, semanas o meses sin escuchar música me vuelvo una persona de lo más normal y lamentable. Una vez me sorprendí viendo televisión abierta. Lo malo es que otra vez tengo depresión post traumática y ese animo que me da la música para enfrentar la cotidianeidad se esfuma pronto. ¿Cuál fue el trauma? Bueno, el otro día fui a recolectar agua de lluvia del techo del invernadero y escuché ruidos dentro. Al momento de asomarme un bólido gris y peludo casi me derriba: un gato había ocupado desde hace quién sabe cuánto tiempo el invernadero como vivienda personal. Había latas de cerveza en el piso. Para ser más precisos, tomó mi cajón de musgo como cama.

Hoy vi las estrellas. Me sorprende calcular el tiempo que pasó desde la última vez que las vi. Hacía mucho frío, pero... qué más daba, todos esos puntos luminosos estaban sobre mi cabeza, como una gran tela con... hoyitos... (qué bárbara, Isabel, qué poeta)

2 comentarios:

Ulises dijo...

Hey, siempre es grato pasar a saludar a los compañeros de causas perdida.

Tener un blog es chido, me pasa algo parecido que a ti. Es terapéutico.

Saludos

Amalkaviana dijo...

Es terepéutico. Y es una terapia barata.

 
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