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miércoles 9 de marzo de 2011

El principio del placer

A los quince años tomé por última vez un baño decente y caliente. No es que los seis años restantes me duchara con agua fría como una obligación auto impuesta en una búsqueda filosófico-musico-espiritual, recurso utilizadísimo en películas de artes marciales.

No, definitivamente no trataba de aprender artes marciales ni buscar nada. La casa en la que sucedieron los acontecimientos era muy vieja y se averió la bomba encargada de subir agua al tinaco. Todavía recuerdo la sisterna, y la cubeta con una cuerda al lado, que dejaba de serlo para convertirse en un pozo incapaz de convertir deseos. Perdí la cuenta de las veces que le pedí a la dueña que arreglara el desperfecto sin resultados.

Como el agua no subía al tinaco no se podía distribuir por la casa y por lo tanto no se podía calentar con el boiler. Así que la solución más rápida para no internarnos en una búsqueda espiritual (que no nos hacía falta), mi familia y yo pensamos que lo mejor sería comprar un calentador eléctrico. Era la solución más fácil, aunque se requería mucho valor para bañarse a jicarazos, sobre todo en invierno.

Al principio me enfriaba tanto que terminé por resfriarme, pero con el tiempo adquirí práctica y llegué a bañarme perfectamente con tan solo 8 litros de agua en 7 ó 10 minutos. Hay que ser positivos y calcular la cantidad de agua que fui capaz de ahorrar en seis años.

Cuando tenía 21 años decidí que había sido suficiente tiempo de ahorrar agua y dinero. Recorté gastos de todas las áreas posibles y compré lo que hacía falta para tomar una ducha caliente, o al menos tibia, todos los días. Planifiqué adecuadamente por cierto tiempo un recorte de gastos, ahorré hasta sangrar. Algunas piezas las compré poco a poco y en el último trayecto compré unas tres o cuatro que me hacían falta y sobre todo el gas LP, lo más caro. Bueno, en realidad no. Debí hacerlo de esa manera, calculadora y fríamente, pero a veces soy un poco impulsiva y termino haciendo todo impulsivamente.

Así pues, empecé por comprar el tanque de gas y una semana después compré absolutamente todas las piezas que me faltaban.

Recuerdo que era de noche cuando terminé la instalación (los plomeros querían cobrarme una cifra escandalosa) y me apresuré a encender el boiler. Fue una de las esperas más largas de mi vida. Mentiría si digo que no estaba nerviosa. ¿Cuánto tiempo debía esperar a que estuviera el agua caliente? ¿Debía apagarlo o bañarme con el aparato encendido? ¿Y si todo explotaba en mil pedazos por un mal manejo del boiler? Aparté las preguntas que revoloteaban por mi mente y decidí dejarlo 20 minutos, después apagarlo y mientras tanto preparar las cosas para tan anhelado acontecimiento: sandalias, un jabón de alhelí y caléndula que había comprado especialmente para la ocasión, mi toalla y ropa limpia.

A esa altura de mi vida solamente había ido de vacaciones en dos ocasiones, alojándome en tres hoteles en total además de la casa de mi tía la michoacana. En mis primeras vacaciones huí a Morelia y posteriormente Uruapan. Casi dos años después fui a Veracruz. Mis amigos y parientes, al enterarse de mis hazañas enseguida preguntaban “¿Y qué fue lo que te gustó más?”. Respondía según la personalidad de cada quien, buscando no decepcionar a nadie: la cascada, ver a mi familia, el zoológico, el orquidiario, el mar. Lo que nunca confesé fue la sensación tan agradable que me produjo bañarme como Dios manda en una regadera y la culpabilidad al darme cuenta que había pasado tanto tiempo con la llave abierta.

Fui a liquidar mi estancia con cierto recelo en el primer hotel. ¿Tendrían un medidor de agua o más aún, de agua caliente? ¿La señorita de recepción me miraría escandalizada al enterarse de cuánta agua caliente había usado? ¿Tendría una llamada de atención para mí de parte de la administración? Cuando por fin llegué a recepción no había nadie. Todos estaban ocupadísimos por una remodelación exprés y tenía que quedar para dentro de una semana. Esperé unos minutos y terminó cobrándome el gerente disculpándose de la falta de atención de sus empleados. Sonrió y yo también: nadie se había enterado de mis largas duchas. En el taxi hacia la central camionera me sorprendí sintiéndome aliviada. Ni que hubiera matado a un michoacano.

En la casa de mi tía se levantaban escandalosamente temprano y lo primero que hacía todo el mundo era bañarse. Ella fue muy amable conmigo y dijo que me levantara a la hora que quisiera y le informara para encender el boiler o si no había nadie en la casa lo podía prender yo misma. Que el susodicho aparato estaba en la azotea. Me resigné a levantarme temprano como toda la familia y bañarme después que todos, según yo para evitarle molestias a mi tía, pero en realidad tenía miedo de no saber prender el boiler y hacer volar la casa de mi pariente en cientos de pedazos. Su baño era grande hasta la incomodidad y la regadera no tenía cortina. Ni siquiera estaba en una esquina, como pudorosamente la colocan todos los arquitectos desde el inicio de los tiempos. La regadera estaba justo en medio del baño. Me tardé lo menos posible para evitar acaparar el baño mucho tiempo, no gastar mucha agua ni gas, según yo. Pero lo que en realidad me molestó era la falta de intimidad del baño de mi tía. Me sentí vigilada y no pude disfrutar la ducha. ¿Qué les costaba poner una cortina siquiera? Y yo, tan acostumbrada a mi regadera (donde me bañaba a jicarazos) de un metro cuadrado.

En el hotel de Uruapan me sentí como en una película de los ochentas. De las malas y de las mexicanas donde los hermanos Almada espiaban alguna bella mujer ducharse. Probablemente Maribel Guardia o la Tigresa. Recuerdo que por cierto festejo religioso el centro de Uruapan, donde planeaba hospedarme, estaba cerrado, así que el taxi me dejó a 8 cuadras de distancia. Lo peor es que tuve que recorrer una calle horriblemente empinada y estábamos en pleno verano. Llegué sudando, malhumorada y hambrienta. Boté todo y me introduje al baño, definitivamente no tan bonito como el de Morelia. Sentí como la tierra se desprendía de mi piel en ríos de agua casi fría. Sin pudor salí empapada, solo con una camiseta encima que se me pegaba a la piel. Me sentí bien gringa. Pedí unos molletes a la habitación porque no tenía ánimos de ir al restaurante, costaba lo mismo aquí que allá y no tenía ganas de ver a nadie ni de parecer del Distrito Federal (¡Miren! ¡La señorita viene de la Gran Ciudad!).

Los molletes llegaron en cinco minutos y no me había dado tiempo de vestirme. Grité que ya iba y como pude me enfundé unos pantalones de mezclilla, cosa dificilísima porque todavía estaba bastante mojada. El camarero parecía un escuincle de veinte años directamente salido de una película pornográfica: torpe, con algunos granos y unos ojos que no paraban de registrar la habitación con el fin de encontrar alguna prenda indiscreta (imaginé).

De Veracruz recuerdo más la regadera de las albercas para quitarse la arena y la sensación salada del mar que la regadera del hotel. Por la noche era gratificante el agua caliente después de haber nadado en el tibio mar. Pero nada más. Dejé el pudor cuando me puse traje de baño y no me importó que otras personas me vieran con tan poca ropa. Tal vez por eso no recuerdo mucho las duchas.

No tenía nada de esto presente momentos antes de abrir la llave de la regadera de mi casa por primera vez en 5 años. Es decir, un año después de tan trágico acontecimiento en el que se arruinó la bomba de agua nos mudamos a otra casa, pero habíamos perdido los tanques de gas y etcétera. Seguí bañándome con una resistencia eléctrica.

En casa, me escandalicé de ser incapaz de regular la temperatura del agua con rapidez. ¡Los océanos se secarían pronto si no lograba encontrar el punto exacto! Algo así debí pensar y de ahí mis nervios. Desesperada me introduje bajo el chorro de agua demasiado caliente y quedé encantada. Las piernas se me aflojaron y no atiné a hacer gran cosa por un par de minutos, solo me revolvía el pelo, según yo para mojarlo bien y aplicarme champú, pero era más por compromiso. Me bañé con tanto placer y lentitud que al cerrar las llaves estaba convencida que iría al infierno por semejante pecado. Por desperdiciar agua, por hundirme en el placer mundano de las agradables sensaciones físicas, por haber comprado un jabón tan caro, anunciado por una famosa actriz en otro pecaminoso aparato: la televisión. Miré el reloj: sólo habían pasado 8 minutos.

1 Partidarios o Mensajeros del Señor. Comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias Isabel por sus textos. Este lo disfruté muchisimo. A lo mejor no tanto como ese baño tan anhelado. Aunque para mi el esperar sus textos se vuelve una espera ansiosa.

miércoles 9 de marzo de 2011

El principio del placer

A los quince años tomé por última vez un baño decente y caliente. No es que los seis años restantes me duchara con agua fría como una obligación auto impuesta en una búsqueda filosófico-musico-espiritual, recurso utilizadísimo en películas de artes marciales.

No, definitivamente no trataba de aprender artes marciales ni buscar nada. La casa en la que sucedieron los acontecimientos era muy vieja y se averió la bomba encargada de subir agua al tinaco. Todavía recuerdo la sisterna, y la cubeta con una cuerda al lado, que dejaba de serlo para convertirse en un pozo incapaz de convertir deseos. Perdí la cuenta de las veces que le pedí a la dueña que arreglara el desperfecto sin resultados.

Como el agua no subía al tinaco no se podía distribuir por la casa y por lo tanto no se podía calentar con el boiler. Así que la solución más rápida para no internarnos en una búsqueda espiritual (que no nos hacía falta), mi familia y yo pensamos que lo mejor sería comprar un calentador eléctrico. Era la solución más fácil, aunque se requería mucho valor para bañarse a jicarazos, sobre todo en invierno.

Al principio me enfriaba tanto que terminé por resfriarme, pero con el tiempo adquirí práctica y llegué a bañarme perfectamente con tan solo 8 litros de agua en 7 ó 10 minutos. Hay que ser positivos y calcular la cantidad de agua que fui capaz de ahorrar en seis años.

Cuando tenía 21 años decidí que había sido suficiente tiempo de ahorrar agua y dinero. Recorté gastos de todas las áreas posibles y compré lo que hacía falta para tomar una ducha caliente, o al menos tibia, todos los días. Planifiqué adecuadamente por cierto tiempo un recorte de gastos, ahorré hasta sangrar. Algunas piezas las compré poco a poco y en el último trayecto compré unas tres o cuatro que me hacían falta y sobre todo el gas LP, lo más caro. Bueno, en realidad no. Debí hacerlo de esa manera, calculadora y fríamente, pero a veces soy un poco impulsiva y termino haciendo todo impulsivamente.

Así pues, empecé por comprar el tanque de gas y una semana después compré absolutamente todas las piezas que me faltaban.

Recuerdo que era de noche cuando terminé la instalación (los plomeros querían cobrarme una cifra escandalosa) y me apresuré a encender el boiler. Fue una de las esperas más largas de mi vida. Mentiría si digo que no estaba nerviosa. ¿Cuánto tiempo debía esperar a que estuviera el agua caliente? ¿Debía apagarlo o bañarme con el aparato encendido? ¿Y si todo explotaba en mil pedazos por un mal manejo del boiler? Aparté las preguntas que revoloteaban por mi mente y decidí dejarlo 20 minutos, después apagarlo y mientras tanto preparar las cosas para tan anhelado acontecimiento: sandalias, un jabón de alhelí y caléndula que había comprado especialmente para la ocasión, mi toalla y ropa limpia.

A esa altura de mi vida solamente había ido de vacaciones en dos ocasiones, alojándome en tres hoteles en total además de la casa de mi tía la michoacana. En mis primeras vacaciones huí a Morelia y posteriormente Uruapan. Casi dos años después fui a Veracruz. Mis amigos y parientes, al enterarse de mis hazañas enseguida preguntaban “¿Y qué fue lo que te gustó más?”. Respondía según la personalidad de cada quien, buscando no decepcionar a nadie: la cascada, ver a mi familia, el zoológico, el orquidiario, el mar. Lo que nunca confesé fue la sensación tan agradable que me produjo bañarme como Dios manda en una regadera y la culpabilidad al darme cuenta que había pasado tanto tiempo con la llave abierta.

Fui a liquidar mi estancia con cierto recelo en el primer hotel. ¿Tendrían un medidor de agua o más aún, de agua caliente? ¿La señorita de recepción me miraría escandalizada al enterarse de cuánta agua caliente había usado? ¿Tendría una llamada de atención para mí de parte de la administración? Cuando por fin llegué a recepción no había nadie. Todos estaban ocupadísimos por una remodelación exprés y tenía que quedar para dentro de una semana. Esperé unos minutos y terminó cobrándome el gerente disculpándose de la falta de atención de sus empleados. Sonrió y yo también: nadie se había enterado de mis largas duchas. En el taxi hacia la central camionera me sorprendí sintiéndome aliviada. Ni que hubiera matado a un michoacano.

En la casa de mi tía se levantaban escandalosamente temprano y lo primero que hacía todo el mundo era bañarse. Ella fue muy amable conmigo y dijo que me levantara a la hora que quisiera y le informara para encender el boiler o si no había nadie en la casa lo podía prender yo misma. Que el susodicho aparato estaba en la azotea. Me resigné a levantarme temprano como toda la familia y bañarme después que todos, según yo para evitarle molestias a mi tía, pero en realidad tenía miedo de no saber prender el boiler y hacer volar la casa de mi pariente en cientos de pedazos. Su baño era grande hasta la incomodidad y la regadera no tenía cortina. Ni siquiera estaba en una esquina, como pudorosamente la colocan todos los arquitectos desde el inicio de los tiempos. La regadera estaba justo en medio del baño. Me tardé lo menos posible para evitar acaparar el baño mucho tiempo, no gastar mucha agua ni gas, según yo. Pero lo que en realidad me molestó era la falta de intimidad del baño de mi tía. Me sentí vigilada y no pude disfrutar la ducha. ¿Qué les costaba poner una cortina siquiera? Y yo, tan acostumbrada a mi regadera (donde me bañaba a jicarazos) de un metro cuadrado.

En el hotel de Uruapan me sentí como en una película de los ochentas. De las malas y de las mexicanas donde los hermanos Almada espiaban alguna bella mujer ducharse. Probablemente Maribel Guardia o la Tigresa. Recuerdo que por cierto festejo religioso el centro de Uruapan, donde planeaba hospedarme, estaba cerrado, así que el taxi me dejó a 8 cuadras de distancia. Lo peor es que tuve que recorrer una calle horriblemente empinada y estábamos en pleno verano. Llegué sudando, malhumorada y hambrienta. Boté todo y me introduje al baño, definitivamente no tan bonito como el de Morelia. Sentí como la tierra se desprendía de mi piel en ríos de agua casi fría. Sin pudor salí empapada, solo con una camiseta encima que se me pegaba a la piel. Me sentí bien gringa. Pedí unos molletes a la habitación porque no tenía ánimos de ir al restaurante, costaba lo mismo aquí que allá y no tenía ganas de ver a nadie ni de parecer del Distrito Federal (¡Miren! ¡La señorita viene de la Gran Ciudad!).

Los molletes llegaron en cinco minutos y no me había dado tiempo de vestirme. Grité que ya iba y como pude me enfundé unos pantalones de mezclilla, cosa dificilísima porque todavía estaba bastante mojada. El camarero parecía un escuincle de veinte años directamente salido de una película pornográfica: torpe, con algunos granos y unos ojos que no paraban de registrar la habitación con el fin de encontrar alguna prenda indiscreta (imaginé).

De Veracruz recuerdo más la regadera de las albercas para quitarse la arena y la sensación salada del mar que la regadera del hotel. Por la noche era gratificante el agua caliente después de haber nadado en el tibio mar. Pero nada más. Dejé el pudor cuando me puse traje de baño y no me importó que otras personas me vieran con tan poca ropa. Tal vez por eso no recuerdo mucho las duchas.

No tenía nada de esto presente momentos antes de abrir la llave de la regadera de mi casa por primera vez en 5 años. Es decir, un año después de tan trágico acontecimiento en el que se arruinó la bomba de agua nos mudamos a otra casa, pero habíamos perdido los tanques de gas y etcétera. Seguí bañándome con una resistencia eléctrica.

En casa, me escandalicé de ser incapaz de regular la temperatura del agua con rapidez. ¡Los océanos se secarían pronto si no lograba encontrar el punto exacto! Algo así debí pensar y de ahí mis nervios. Desesperada me introduje bajo el chorro de agua demasiado caliente y quedé encantada. Las piernas se me aflojaron y no atiné a hacer gran cosa por un par de minutos, solo me revolvía el pelo, según yo para mojarlo bien y aplicarme champú, pero era más por compromiso. Me bañé con tanto placer y lentitud que al cerrar las llaves estaba convencida que iría al infierno por semejante pecado. Por desperdiciar agua, por hundirme en el placer mundano de las agradables sensaciones físicas, por haber comprado un jabón tan caro, anunciado por una famosa actriz en otro pecaminoso aparato: la televisión. Miré el reloj: sólo habían pasado 8 minutos.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias Isabel por sus textos. Este lo disfruté muchisimo. A lo mejor no tanto como ese baño tan anhelado. Aunque para mi el esperar sus textos se vuelve una espera ansiosa.

 
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